Preludio y Primer capítulo de “Cuando revolotean las mariposas”

Sois muchos los que ya habéis leído “Cuando revolotean las mariposas” que podéis encontrar en Amazon internacional (es decir, .es, .com, .mx, .jp…) pero hoy, para los que todavía no os habéis decidido a leerla traigo el Preludio y el Primer capítulo de esta novela juvenil romántica que estoy segura os enganchará.

Espero que esto os genere intriga y muchas ganas para adquirir la novela juvenil y seguir leyendo la historia de Sarah Doney, una joven que se ve obligada a empezar de cero en una nueva ciudad tras el divorcio de sus padres.

¡Allá va!

Preludio

Cuando se tiene la temprana edad de diecisiete años, hay pocas cosas realmente necesarias para ser feliz: una familia que te quiera, unas amigas en las que confiar y poder disfrutar de pequeños detalles como que te dejen llegar a casa una hora más tarde, o pillar al chico que te gusta mirándote a escondidas. Pero precisamente por eso, cuando una de las pocas cosas que te alegran la vida falla, el resto se pone literalmente patas arriba.

―El amor se acaba, sin que puedas hacer nada para evitarlo… ―fue lo único que dijo su madre para justificar tan dura decisión como la de separarse de su marido, el padre de Sarah, con el que llevaba veinte años casada. Y lo hizo de una forma tan directa, clara y desesperanzadora que estaba visto que no había vuelta atrás.

Así, de repente, Sarah pasó de ser la primogénita de una familia unida que vivía en una hermosa casa, a ser la primogénita de una familia desestructurada que vivía en la habitación de un motel con el desastre de su padre.

¿Qué podía entonces esperar de la vida si con solo diecisiete años era ya un auténtico caos? Y más aún, ¿qué podía esperar del amor si, tal y como afirmó su madre, éste tenía fecha de caducidad?

Capítulo 1

Desde la separación de sus padres, el dormitorio de Sarah había sido una cutre habitación de motel; su dieta se había basado en toda clase de patatas fritas y sándwiches industriales; y toda su ropa lucía arrugada y olía a detergente barato de lavandería.

Tardaba treinta minutos en llegar al instituto a pie, quince en ir a su antigua casa a ver a su madre y a su hermana Molly, y para poder hacer algo tan sencillo como ver la tele o secarse el pelo, tenía que armarse de un buen arsenal de monedas.

Aun así, estaba contenta de haber tomado la decisión de marcharse con su padre porque, si no fuera por ella ¿quién cuidaría de él? No había duda de que Jim la necesitaba, tanto o más de lo que ella le necesitaba a él.

Afortunadamente, todo era cuestión de tiempo y, tal y como le prometió su padre, por fin llegó el día en el que pudo oír la esperada noticia:

―Cariño, ¡ya tenemos casa! ―dijo nada más verla entrar por la puerta.

Una sonrisa se dibujó automáticamente en los labios de la joven:

―¡No me digas! ―contestó dejando caer la mochila del instituto al suelo― ¡Qué bien! ―adiós tele de monedas, adiós ruidoso secador de pared, adiós “casa” de 20m2― ¿Dónde? ¿Cerca de mi instituto? ¿Del centro comercial?

―En Clausford.

—En… ¿dónde? —preguntó extrañada.

—Clausford.

—Sí, ya lo he oído pero ¿dónde está eso? ¿Es una nueva urbanización que no conozco?

—No, es un pueblo, está a unos 400 kilómetros de aquí, al lado de la costa, ¡te va a encantar!

—¡¿Cua… cuatrocientos kilómetros?! ¿¿Por qué tan lejos??

―No sé, simplemente ha surgido así. A veces viene bien improvisar y lanzarse a conocer mundo ¡será emocionante! Nueva casa, nueva ciudad, nueva gente… ―dijo con ilusión, sin ser consciente, o al menos eso parecía, de lo que aquello significaba para ambos.

―Pero bueno, ¿estás hablando en serio? ―preguntó todavía sin poder creer lo que estaba escuchando― ¿Cómo vamos a irnos allí sin más? ¡No he oído hablar de ese sitio en mi vida!

—Ni yo tampoco, hasta esta mañana.

―¿Hasta esta…? ―la chica agitó la cabeza incrédula― ¿Estás diciendo que esta mañana te han hablado de ese sitio y en el mismo momento has decidido que nos íbamos para allá? ¿No crees que tendríamos que pensarlo con más detenimiento? Ya sabes, buscar más opciones ―parecía de broma que Sarah, una adolescente, fuese la que llamara a la reflexión.

—No es que me haya hablado de ese sitio un desconocido, ha sido mi compañero Mark. Él tiene una casa allí y dice que es fantástico para ir de vacaciones.

—Papá, tú mismo lo has dicho, de vacaciones, no para vivir allí. Además, ¿qué pasará con tu trabajo?

—Puedo trabajar desde casa, no es necesario que vaya a la oficina, excepto en ocasiones muy concretas.

—¿Y cuándo nos iríamos si se puede saber?

Tras mirar a su alrededor para cerciorarse de las cosas que tenían allí, contestó:

―Mañana mismo, ya he dado una señal por la casa así que ¿para qué esperar?

―¡No podemos irnos mañana! Ni siquiera tenemos coche…

―Sí que tenemos, tu tío Bill nos presta su furgoneta indefinidamente, así que de paso nos valdrá como camión de mudanzas ―dijo satisfecho.

―Te recuerdo que aún no he terminado las clases, no puedo irme y tirar lo que llevo de curso por la borda, repetiría.

—No te preocupes, hace un rato hablé con tu tutor y me dijo que ellos se encargarían de trasladar tu expediente al nuevo instituto, por eso no hay problema.

Sarah se quedó ahí plantada con la mirada fija en su padre, alucinada, desencajada, y sin saber qué hacer para evitar lo que, irremediablemente, iba a pasar:

—No me lo puedo creer… Entonces… ¿hablas en serio? ―preguntó por fin.

―¿Cómo iba a bromear con algo así? ―¿Y no es negociable?

―¿Crees que debería serlo? Es una gran oportunidad para empezar de cero.

―Yo no tengo porqué empezar de cero papá ―dijo claramente―, solo tengo diecisiete años, se podría decir que acabo de empezar de cero.

―¿Es que no te gusta el plan?

―No es que no me guste, es que me parece muy repentino.

―No hace falta pensarse las cosas cuando se tienen claras.

―¡Las tendrás claras tú papá! ―contestó con el tono de voz más elevado―, porque yo es obvio que no… En fin, de un momento a otro me pides que cambie de casa, de amigos, de instituto, y lo peor: que me aleje de mamá y Molly. ¿Es que no lo has pensado?

—Claro que lo he pensado ―dijo Jim poniéndose de pie— Ya sé que será duro pero no lo hago por gusto.

―¿Cómo que no? Entonces, ¿por qué no quedarnos aquí? En cualquier sitio, no hace falta marcharse de la ciudad.

―Mira cariño, voy a ser sincero contigo… Económicamente no estamos muy bien ahora mismo. He estado todos estos meses buscando una casa para los dos por aquí y no hay nada, ¿crees que no he mirado? Con el dinero que puedo pagar solo tendríamos para un piso parecido a esto o peor, ¿de verdad quieres vivir así?

—Podemos pedir dinero a mamá… seguro que ella nos puede echar un cable.

—Tu madre está en la misma situación que nosotros, lo que pasa es que nuestra casa ya está pagada y no tiene que hacerse cargo de una hipoteca.

—¿Y qué hay de diferente en Clausford? Allí nos pasará igual, ¿no?

―No, la vivienda en Clausford es mucho más barata, y por el dinero que cuesta aquí un piso de 30 metros cuadrados, allí viviríamos en una casa de 100. La diferencia es abismal ―Sarah guardó un silencio afirmativo― Sé que será difícil, y te comprenderé si decides quedarte con tu madre y Molly.

―Entonces ¿mamá lo sabe?

—Por supuesto, no podía tomar una decisión así sin antes comunicárselo a ella, con el carácter que tiene…

—¿Y qué te ha dicho?

—Que no te lleve conmigo, pero le he dicho que eso debe ser decisión tuya, no nuestra, que ya tienes edad para elegir.

Tenía edad, sí, pero parecía que únicamente la tenía para tomar decisiones de ese tipo, no para llegar tarde a casa o tener coche propio para ir a clase. En casos así, preferiría ser como su hermana pequeña y que los demás decidieran por ella, así no tendría que devanarse los sesos tanto, ni decepcionar a nadie:

—¿Y qué pasaría si te dijera que no quiero ir?

—Pues… que me marcharía y volverías con tu madre a casa.

—¿Nada más? ¿No te enfadarías conmigo? — preguntó realmente preocupada por las consecuencias que podría tener tomar esa decisión.

—No, claro que no, pero sinceramente me encantaría que decidieras venir a Clausford, estoy convencido de que te encantará, ¡con lo que te gusta la playa!

—Sí, me gusta mucho pero…

—Cariño, piénsalo, ¿vale? Tomes la decisión que tomes, tanto tu madre como yo estaremos de acuerdo.

—Está bien…

Después de aquella conversación, Sarah estuvo toda la tarde dándole vueltas a la idea de comenzar una nueva vida en Clausford y, sin poder evitarlo, el miedo y los nervios la invadieron por completo.

No estaba segura de si sería buena idea seguir los pasos de su padre que, ya en el pasado, se había equivocado varias veces tomando decisiones demasiado precipitadas; pero por otro lado, sabía que quedarse sería tomar el camino fácil, y que si no confiaba en Jim y le dejaba marchar, no se lo perdonaría nunca a sí misma.

Lo que estaba claro era que el tiempo se le estaba escapando de las manos: tenía que elegir, y para ello no podía preguntar a su padre, ni tampoco a su madre, necesitaba la opinión de alguien más neutral:

—No puede ser…

—¿Cómo vas a irte? Y encima mañana, ¿no es demasiado rápido? ―preguntó Loren, una de sus mejores amigas.

Sarah dio una calada a su pitillo y echó el humo bruscamente:

—Tú lo has dicho, es demasiado rápido, pero parece que mi padre no es consciente de ello.

—¿Y qué piensas hacer?

—Pues no tengo ni idea… —contestó cediéndole el cigarro.

—Quédate ―dijo tajantemente Agatha.

―Ojalá fuera tan fácil.

―Nosotras también te necesitamos, y tu madre, y tu hermana… —contestó la joven morena algo molesta con la situación, mientras agitaba las manos para eliminar la humareda que había a su alrededor― Tu padre no puede pretender arrancarte de tu vida de un día para otro, no es justo.

―Tiene sus razones.

―Ya me imagino, pero que se vaya él, que no te arrastre a ti.

―Realmente no me arrastra, me ha dicho que puedo quedarme aquí si quiero hacerlo.

―Entonces ¿de qué estamos hablando? Quédate y punto.

―Pero es que Sarah no quiere dejar a su padre ―explicó Loren, mostrándose más comprensiva.

―Pero tampoco a su madre ni a su hermana, ¡ni a su vida entera! ¿No lo ves? Pierde menos quedándose.

―Lo sé… ―interrumpió Sarah poniéndose en pie frente a sus amigas, sentadas aún en el banco del parque―, y no creáis que no me lo he planteado así, pero recordad lo que pasó cuando se separaron mis padres. No duré ni una semana con mi madre y mi hermana pensando que Jim estaba solo y sin nadie que cuidara de él…

―Tu padre ya es mayorcito, él sabe cuidarse solo.

―Eso es cierto Sarah, no lo hagas por él, hazlo por ti.

―Ya, pero es que al hacerlo por él también lo hago por mí misma.

―Entonces la decisión está tomada ―afirmó Loren.

―¿Tú crees?

―Sí, y te vamos a echar mucho de menos.

Sarah se quedó unos instantes en silencio mirando a sus amigas, mientras sus ojos se volvían vidriosos y un inminente llanto provocaba temblores en su barbilla. Las lágrimas no tardaron en salir, y la pena y el miedo al futuro que tenía por delante fueron tras ellas.

No sabía si marcharse con su padre a Clausford era una buena idea, ni si se acabaría arrepintiendo o no, lo único de lo que estaba segura era de que, por una vez, sentía que debía confiar…

Fue muy duro despedirse de sus amigas, pero se hacía tarde y no tuvo más remedio que emprender su camino de regreso al motel.

Así, triste y con la cabeza hecha un auténtico lío, abandonó aquél parque en el que dejaba mil y un recuerdos, y regresó sola bajo el manto de la noche, viendo cómo una etapa preciosa de su vida terminaba…

El ruido de las llaves hizo que Jim diera un pequeño bote en la cama donde estaba tumbado viendo la tele. Eran ya cerca de las doce y se había quedado dormido viendo una película de vaqueros:

―Sarah, ¿eres tú? ―preguntó a la oscura silueta que se encontraba cerrando la puerta de la habitación.

―Sí ―contestó encendiendo una lámpara que había en la entrada―, siento haber tardado.

―¿Qué tal te ha ido? ¿Te han ayudado Loren y Agatha a aclararte las ideas? ―la chica asintió― ¿Y? ¿Qué vas a hacer finalmente?

Sarah tardó unos segundos en contestar, dándose así un tiempo extra para decidir silenciosamente una última vez:

―¿A qué hora nos vamos mañana?

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Jim que, sin creerse lo que acababa de oír, se puso en pie y preguntó:

―¿Eso significa que vienes conmigo a Clausford?

―Creo que está claro, ¿no?

—¡¡Cómo me alegro!! ―dijo pegando un salto para después abrazar a su hija emocionado― He quedado con tu madre en que pasaremos por casa a eso de las diez, así que habrá que madrugar un poco para prepararlo todo. ¡Va a ser fantástico!

Rompiendo el momento de euforia, Sarah se vio en la obligación de preguntar:

—¿Qué crees que dirá mamá cuando sepa que me voy? ¿Se enfadará conmigo?

—Claro que no, ¿cómo va a enfadarse contigo?

—Muy fácil, porque he elegido irme en lugar de quedarme con ella y con Molly —no podía evitar sentirse preocupada al pensar en la reacción de su madre.

—Ella querrá que hagas lo que tú quieras hacer, y si lo que quieres es venir conmigo, lo respetará — al ver que su hija no se mostraba demasiado convencida, añadió—: Vale, está claro que no se pondrá a dar saltos de alegría, pero tampoco se enfadará si eso es lo que te preocupa… Venga, vamos a dormir, mañana nos espera un día muy largo.

A la mañana siguiente, Jim se despertó temprano para poder aprovechar las primeras horas del día y recoger así todas sus cosas.

Cuando ya eran cerca de las diez y había guardado hasta la última caja, decidió que era el momento de despertar a Sarah, que hasta entonces había estado durmiendo plácidamente ajena a todo:

—Cariño… —susurró—, cariño, despierta.

—¿Ya es de día? —preguntó mientras intentaba abrir los ojos con mucho esfuerzo.

—Sí, venga, levanta, tenemos muchas cosas que hacer.

—Hmmmmm —se quejó ella—, ¿qué hora es? —Las diez menos diez.

—Avísame a menos cinco, anda —dijo tapándose la cabeza con la almohada.

—Pero si eso es dentro de cinco minutos, ¿qué más te da levantarte ahora? —la joven no contestó y parecía haberse vuelto a dormir—Tenemos que aprovechar el día, no seas perezosa y levántate de una vez. Hemos quedado con tu madre a en punto y se enfadará si llegamos tarde.

Sarah se quejó emitiendo una especie de gruñido y se incorporó bruscamente en la cama. Tras frotarse la cara, intentando despejarse un poco, contestó:

—Está bieeeeeen, me doy una ducha rápida y recojo todo, tampoco hace falta que seas tan brasas —de repente, de un vistazo, pudo percatarse de que su mochila, sus libros y demás cosas ya no estaban en su sitio— ¿Cómo? ¿Has recogido ya todo?

—Sí.

—¿Cuándo? —preguntó sorprendida— No me he dado ni cuenta…

—Lo sé, a veces más que dormida pareces estar muerta —bromeó— Venga, no te hagas la remolona y dúchate. En cuanto hayas terminado nos vamos.

—Vale, vale, me parece bien pero… ¿dónde está mi ropa? ¿Y mi móvil?

Jim señaló al pie de la cama:

—Ahí te he dejado lo que necesitarás hoy. Y el móvil sigue en el baño cargándose, así que, que no se te olvide.

Sarah vio unos vaqueros, ropa interior limpia, sus Converse, su chupa y una camiseta:

—Anda que ya podrías haber elegido otra parte de arriba… —dijo al darse cuenta de que había escogido una camiseta con un mono dibujado en ella.

—Me ha parecido muy graciosa, pensé que te gustaba usarla.

—Sí… pero hace ya un tiempo… —suspiró— En fin, me voy a la ducha.

—No tardes, y recógelo todo bien, no vayas a olvidarte algo.

—Vaaaale, no te preocupes —dijo mientras cogía un puñado de monedas que guardaba en mesilla para el secador, y se metía en el servicio.

Eran cerca de las diez y media cuando Jim y Sarah se presentaron en su antigua casa donde, Mónica, su exmujer y madre, les estaba esperando en la misma entrada al jardín:

—¿No habíamos quedado a en punto?

—Sí —contestó Jim a la vez que cerraba la puerta de la furgoneta—, hemos tardado un poco más de lo planeado en recoger las cosas.

—Di que no, ha sido culpa mía, necesitaba darme una ducha antes de irnos —explicó Sarah mientras bajaba del vehículo con el cabello mojado y sujeto en un moño mal hecho.

—Podías haberte duchado aquí sin ningún problema —extendió los brazos y tomó las manos de su hija, ya frente a ella— Entonces… ¿estás segura de que quieres irte? ¿No puedo hacer nada para convencerte de que te quedes?

—No me la líes más Mónica, ya lo tiene decidido.

Ella frunció el ceño ante la intromisión de su ex y contestó de forma algo tajante:

—También es mi hija, y quiero asegurarme de que esto lo hace por sí misma y no por ti —después, miró de nuevo a Sarah y preguntó— ¿Quieres irte con tu padre? Sabes que puedes quedarte aquí con Molly y conmigo, ¿verdad?

—Sí, lo sé mamá, pero ya está decidido.

—Está bien, entonces no diré nada. De todos modos, quiero que sepas que si en algún momento te arrepientes puedes volver a casa cuando quieras, ¿vale?

—Gracias mamá —contestó la joven con una sonrisa.

De repente, los ojos de la madre se llenaron de lágrimas:

—Maldita sea… ¿Por qué tenéis que marcharos? —mientras apretaba a su hija fuertemente contra sí— Mira que sois pesados los dos.

—No te preocupes —contestó soltándose de su agarre—, estaremos bien.

—Oye… Aquí me falta una hija —dijo Jim interrumpiendo el momento— ¿Dónde está Molly? ¿No va a venir a despedirse?

—Debe estar en su cuarto, la verdad es que no se tomó muy bien la noticia…

Sarah dirigió la mirada hacia la segunda planta de la vivienda, justo hacia la ventana de la que era su habitación, y en ese preciso momento pudo ver cómo las cortinas se movían, como si alguien acabara de esconderse tras ellas.

—Ahora mismo vengo.

Una sensación un tanto extraña invadió su cuerpo al entrar en la que fuera su casa hacía unos meses. No era la primera vez que estaba allí desde la separación de sus padres pero, inevitablemente, había algo en el ambiente que hacía que Sarah se sintiera vulnerable.

Tantos buenos y malos instantes, tantas alegrías y tristezas, tantos recuerdos…

Podía verse a sí misma corriendo por los pasillos jugando con Molly al pilla-pilla; desayunando en la cocina unas deliciosas tortitas con nata junto a sus padres; y abriendo los regalos de Navidad en un salón completamente decorado. ¡Qué lejos se veía ya todo!, tanto que parecía haber pasado un millón de años… ¿Dónde habrían ido a parar esos momentos?

De repente, mientras subía las escaleras y rompiendo sus pensamientos, pudo escuchar una puerta cerrarse lentamente: era la de su habitación, el lugar donde parecía estar intentando esconderse su hermana pequeña.

Sin dudarlo, la joven se dirigió hasta el cuarto y, tras intentar abrirlo sin éxito, dijo:

—Molly, soy Sarah, sé que estás ahí… ¿No vas a bajar a despedirte de nosotros? —el silencio fue la única respuesta a su pregunta— ¿Hola? —esperó unos segundos, y volvió a hablar— Molly por favor…

De repente, una vocecilla se escuchó al otro lado: —No quiero que os vayáis.

Sarah se pegó más a la puerta para poder oírla mejor:

—Lo sé…, yo tampoco quiero, pero no hay remedio… mira el lado positivo, ahora tendrás una casa a la que ir en vacaciones.

—Prefiero no tenerla y que te quedes aquí con nosotras.

—Sabes que no puedo dejar a papá solo…, necesita que alguien cuide de él.

—Mamá y yo también te necesitamos, ¿es que ya no nos quieres?

—¡Claro que os quiero! No digas tonterías.

Tras esa respuesta, se hizo un breve silencio que duró exactamente lo mismo que tardó Molly en abrir la puerta y encontrarse con su hermana mayor:

—Te echaremos mucho de menos —dijo con el rostro lleno de lágrimas.

Sarah dibujó una triste sonrisa, intentando mantener el tipo para no llorar. Alargó los brazos y se abrazó fuertemente a la pequeña:

—Y yo a vosotras…

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