Un pequeño regalo… ¡el primer capítulo de “Sin huellas en la arena”!

Tras mucho pensarlo, creo que ha llegado la hora de compartir contigo el primer capítulo de la novela juvenil romántica “Sin huellas en la arena”.

En su momento ya publiqué el prefacio de la novela en mi página de Facebook y en este blog, pero quería ir un poco más allá. Espero que te guste y te animes a descubrir la historia completa de Sean y Emily, y a dejarme algún comentario 😉 ¡Que lo disfrutes!

CAPITULO I

>> Lloraba desesperada, no sabía qué hacer ¿había perdido realmente la cabeza? Lo único que quería era que la gente me dejara en paz y no ser tratada como una chiflada porque no lo era… No entendía por qué debía alejarme de él, era bueno, nos queríamos y me encantaba pasar tiempo a su lado… por eso me resultaba imposible dejar de verle, era como dejar de respirar, si lo hacía, antes o después, acabaría muriendo.

Acababa de cumplir los 17 años y mi vida era prácticamente perfecta gracias a Claire y Sam, una pareja que, a los 30 y 35 años respectivamente, me acogió en su familia y en su preciosa casa de tejados verdes frente a la playa.
Siempre estuve convencida de que era una verdadera privilegiada por haber encontrado unos padres como los míos, que me querían, me cuidaban y eran capaces de darme todo aquello que necesitara, aunque, por culpa del trabajo de mi padre, que era piloto y estaba largos períodos fuera de casa, no pasábamos demasiado tiempo todos juntos…
Quizá estar tantas temporadas a solas con mi madre, hizo que mi pasión por el paisaje que envolvía nuestro hogar creciera día a día.

Me encantaba estar allí, y siempre me inventaba alguna excusa para bajar a la playa a disfrutar del agradable aroma del mar, sentarme a leer en la arena, nadar o simplemente para pasar las horas contemplando la grandiosidad de aquél horizonte que se dibujaba frente a mí…

Como cada domingo, después haberme quedado dormida la noche anterior viendo una película de miedo hasta las tantas, bajé lenta y pesadamente las escaleras hasta la planta inferior, y me dirigí a la cocina en busca de algo que me espabilara y me quitara la modorra que me invadía por completo.

―Buenos días cariño ―dijo mi madre nada más verme cruzar la puerta.
―Buenos días ―contesté mientras me sentaba en una silla, justo frente a ella.
―Vaya cara… ¿Te acostaste muy tarde?
―No demasiado… me quedé dormida a mitad de película.
―¿Y por qué estás así? ¿No has dormido bien?
―La verdad es que no mucho… ―contesté mientras me levantaba a por mi taza para después volver a tomar asiento―, mi ventana ha estado toda la noche dando golpes por culpa del viento… A ver si papá me la arregla de una vez… ―Llevaba cerca de un año persiguiendo a mi padre para que lo hiciera, pero siempre, entre unas cosas y otras, acababa olvidándolo. Tenía que comprender que dormir con ese ruido constante desquiciaba a cualquiera, y yo no es que tuviera unos nervios de acero…
―Cuando vuelva de Seattle recuérdaselo.
―Sí, lo haré… aunque nunca tiene tiempo para nada…
―No le culpes, si no fuera por el trabajo tan fantástico que tiene nosotras no podríamos vivir tan desahogadas como vivimos.
―Ya, aunque ¿para qué necesitamos vivir tan bien si no podemos disfrutarlo con papá? La verdad es que me parece absurdo.
―Tu padre no es el que elige los vuelos que debe hacer, ya lo sabes, si fuera por él estaría todo el tiempo en casa con nosotras, pero las cosas son así…
―Lo sé…, es solo que le echo de menos.
―Yo también mi vida, pero no empecemos el día tristes ¿eh? Venga, dime, ¿qué quieres de desayuno? ¿Te apetecen unos huevos fritos?
―No gracias, estoy pensando en desayunar cosas más ligeras ―Mi madre nunca había sido muy buena cocinera, le encantaba hacerlo todo frito y con demasiada grasa, ese fue el motivo por el que decidí volverme vegetariana cuando cumplí los diez años, y preocuparme un poco más por lo que comía. Sí, quizá suene algo prematuro, lo sé, pero comer día sí y día también carne con patatas no debe ser sano para nadie ¿no?― ¿Me pones un poco de café por favor?
―Ni hablar, nada de café o no crecerás.
Levanté una ceja mostrando incredulidad: ―¿Acaso tienes esperanzas de que crezca más? ―cogí yo misma el café y me serví―, porque yo no.
―Está bien, como quieras. Oye, ¿podrías hacerme un favor? ―yo asentí― ¿Podrías acercarte a comprar unas cosas mientras yo limpio la casa?
Di un último trago al café y, abriendo la mano, contesté: ―De acuerdo, dame dinero e iré ahora mismo.

Tanto el camino de ida como el camino de vuelta, lo hice andando por la playa, como siempre, descalza, con las zapatillas en una mano y la compra en la otra. Me encantaba caminar por allí, a pesar de que aquello significara dar un rodeo más grande hasta mi destino, me daba igual, no conocía un sitio mejor en el que estar, aunque fuese sola. Supongo que por ese mismo motivo, mucha gente en el instituto aseguraba que en mi vida anterior había sido la mujer de un pirata a la que abandonaron en alguna isla desierta, y que murió devorada por animales salvajes. La verdad es que imaginación no les faltaba…

Si no me falla la memoria, juraría que aquél domingo fue el primer día que vi a Sean. Recuerdo que me llamó la atención aun estando de espaldas… algo que nunca me había pasado ni me ha vuelto a pasar con nadie.
Estaba de pie, en la orilla del mar, muy quieto, como si buscara algo en el horizonte, algo difícil de ver y más aún de alcanzar, dejando que el agua mojara sus pies descalzos y el bajo de sus pantalones vaqueros sin que le preocupara lo más mínimo.

Quedé maravillada ante su hermosa estampa, y no pude dejar de mirarle mientras continuaba mi camino a casa. O eso creía, porque de repente, sin quererlo y sin ser realmente consciente de ello, me encontré a mí misma reduciendo la velocidad de mis pasos y desviando mi trayectoria irremediablemente atraída por él.

Traté de mantenerme a una distancia prudencial, con la intención de observarle sin que se diera cuenta de que lo hacía, pero quizá estuve demasiado tiempo con la mirada fija en él, hipnotizada con su presencia, porque estoy segura de que sintió cómo mis ojos estaban clavados en su silueta, y que eso mismo fue lo que le hizo salir de su estado de trance y girarse hacia mí.
Su mirada me dejó helada, no solo por la vergüenza que sentí al haber sido descubierta, sino también por el gesto un tanto amenazador que reflejó su hermosa cara.
El joven tenía el ceño fruncido al máximo y parecía algo desconcertado cuando comenzó a mirar a su alrededor, quizá para cerciorarse de que mis ojos se dirigían a él y no a otro sitio.
Me impresionó lo claros que eran sus ojos, aunque no pude averiguar si eran de color azul muy claro o grises, ya que la distancia era demasiado grande como para que mi vista pudiese distinguirlo.

En aquél momento me sentí tan estúpida que tuve la necesidad de huir de allí, con mis zapatillas y la compra a cuestas, acompañadas del sonrojo que inundaba mis mejillas avergonzadas. No quería que pensara que era una niñata que se deleitaba mirándole a escondidas, aunque realmente fuera así, por eso pensé que lo mejor era escapar lo antes posible de aquella escena que yo misma había provocado.

Pasaron los días, y era incapaz de quitarme la imagen de ese chico de la cabeza: la expresividad de sus ojos claros, la belleza de su rostro, su silueta… por eso, empecé a bajar a la playa con más frecuencia, siempre tratando de coincidir con él, aunque he de reconocer que cuando lo conseguía no me sentía capaz de decirle nada y me limitaba a mantener las distancias y a fingir que leía o tomaba el sol mientras escuchaba música, tal y como solía hacer antes de nuestro primer encuentro, pero sin dejar de dirigir miradas furtivas hacia él, con la esperanza de no ser de nuevo descubierta.
Era sorprendente el tiempo que podía llegar a permanecer en la misma posición, erguido frente al mar, como si se tratara de un faro que intentaba guiar a algún barco perdido… lo que hacía que me planteara un sinfín de preguntas: ¿Quién era?, ¿qué hacía siempre allí?, ¿por qué nunca antes le había visto?

Poco a poco, empecé a darme cuenta de que se inquietaba con mi presencia pero, a pesar de ello, siempre volvía al día siguiente y se plantaba en el mismo sitio a la misma hora, lo que me hacía entender que, realmente, mucho no le debía desagradar verme por allí y que, probablemente, no era solo yo la que le buscaba, sino que él también me buscaba a mí.

Todo aquello hizo crecer mis ganas de conocerle, de escuchar su voz y verle más de cerca, y en cierto sentido me armó de valor para dar el primer paso y acercarme a él, no quería esperar más: ―Te estás mojando ―dije a pocos pasos de distancia. Él se dio la vuelta rápidamente, asustado ante mi interrupción, y clavó sus desconcertados y hermosos ojos grises en mí. Sí, eran grises, como el cielo antes de una gran nevada.
En silencio y sin contestar, dudó unos instantes y volvió a hacer lo mismo que la primera vez que nos vimos, mirar a su alrededor y asegurarse de que me dirigía a él. De ese modo y señalándose a sí mismo con el dedo índice, preguntó por fin: ―¿Me hablas a mí?
Me encogí de hombros algo extrañada: ―¿A quién sino? No es que haya mucha más gente por aquí ahora mismo ―e intentando quitar tensión al momento, sonreí― Soy Emily.
Él, aún con sus oscuras cejas fruncidas, contestó un escueto: ―Sean.
Nunca habría imaginado que alguien pudiera ser tan guapo… había algo en él que dejaba sin aliento. No sé si eran sus extraños pero intensos ojos, sus envidiables rasgos o el aura que rodeaba toda su presencia, pero podía afirmar que nunca antes había visto a un ser como Sean… tan único y perfecto como él.

>> No sé qué pretendían dándome esa cantidad ingente de pastillas ¿cómo planeaban hacer que recuperara la cordura, que supuestamente había perdido, drogándome? No podía entender por qué mis padres habían insistido tanto en darme charlas sobre porros, cocaína y alcohol, y hacerme entender lo malo que eran todas esas cosas, si luego iban a acabar siendo ellos los que iban a drogarme y encima a la fuerza. Estaba bien, no necesitaba estúpidos medicamentos que me dejaran tirada en la cama durante días sin apenas poder moverme, echaba de menos la playa, echaba de menos su voz…

Cada día que tenía clase, me pasaba la mañana entera deseando que volaran las horas para poder ir cuanto antes a la playa, y es que desde el día que por fin me atreví a acercarme a Sean nos hicimos amigos rápidamente. Encajábamos a la perfección, mejor de lo que nunca habría podido imaginar, por eso me encantaba estar con él, era un chico simpático, inteligente y, para qué mentir, precioso… Había encontrado por fin a alguien con quien pasear por la arena sin que a los cinco minutos quisiera marcharse, alguien muy parecido a mí.

―Emily, los de clase vamos a ir a comer a la nueva pizzería que han abierto en el centro comercial, ¿te vienes? ―preguntó Mary al ver que me dirigía hacia la salida.
―Lo siento, pero ya tengo planes hoy, quizá otro día.
―No te quedarás viendo películas de terror hasta las tantas, ¿no?
―No ―contesté algo ofendida ante su insinuación, a pesar de ser consciente de que ese era mi plan estrella de los sábados―, he quedado.
―¿Con el joven misterioso del que me hablaste el otro día? ―preguntó de forma burlona, posiblemente con el convencimiento de que ese joven misterioso no existía.
―Sí, eso es.
―¡No me digas! ―dijo sonriendo y abriendo los ojos exageradamente― Entonces… ¿estáis saliendo? Deberías traértelo algún día, ¿a qué instituto va?
Me quedé en silencio unos segundos, no tenía ni idea de a qué instituto iba, ¿cómo podía ser? La verdad es que cada vez que le preguntaba algo sobre su vida, cambiaba de tema, así que era muy poco lo que conocía sobre él: ―No estamos saliendo, ni nada parecido. Somos vecinos…, y a los dos nos gusta la playa así que…
―¿Otro loco del mar? ―preguntó Ryan, uniéndose a la conversación sin que nadie le invitara, mientras se apoyaba de forma amistosa sobre el hombro de Mary.
Yo dibujé una sonrisa forzada intentando demostrar claramente y sin tapujos lo poco que me gustaba él y su comentario: ―Sí, ya ves, debe ser una epidemia. Cuidado, no te vaya a contagiar ―dije antes de girarme para salir de allí― Que lo paséis bien Mary, nos vemos el lunes.

En cuanto terminé las cosas que tenía que hacer, cogí una chaqueta y bajé las escaleras saltando ruidosamente, como de costumbre.

―Cariño, ¿no puedes bajar las escaleras como todo el mundo? ―preguntó mi madre desde el salón donde se encontraba leyendo un libro― Parece que baja una caballería entera cada vez que haces eso.
―¿Qué diversión puede haber en bajarlas como todo el mundo? ¿No me dices siempre que no tengo que hacer lo que hacen los demás? Así me confundes… ―dije antes de darle un beso en la mejilla y dirigirme hacia la puerta.
―¿Vas a salir ya?
―Sí, pero no iré muy lejos, ya sabes. Estaré por la playa.
―¿Otra vez? Em, creo que pasas demasiado tiempo allí, ¿no te aburres? ¿Por qué no sales más con Mary? Antes erais uña y carne ¿qué os ha pasado?
―Nada, no nos ha pasado nada, simplemente tenemos gustos distintos ―y tan distintos, no sabía cómo alguna vez pudimos ser amigas, no nos parecíamos en nada, aunque debía admitir que, de vez en cuando, la echaba de menos. Pero las cosas eran diferentes ahora, nos movíamos en otros ambientes― Me voy, llevaré el móvil encima por si quieres algo.
―Vale, cielo, que te diviertas.

Aunque era temprano, las farolas del paseo estaban ya encendidas y el sol comenzaba a esconderse tras el horizonte dando paso a la noche. El cambio de estación ya era muy obvio y hacía que la temperatura fuese más fresca que días atrás.
Cuando llegué a la playa mi corazón dio un pequeño vuelco al ver que Sean estaba allí, como siempre, en la orilla, contemplando la inmensidad del mar.

―Hey, ¿intentas encontrar una sirena o algo parecido? Creo que es mejor que lo dejes por hoy o te quedarás ciego con tan poca luz. Si quieres mañana a primera hora llamamos a los guardacostas para que prosigan con el rescate.
―¿Otro viernes sin planes Em?
―¿Estar aquí no te parece un buen plan?
Él sonrió dejando entrever sus preciosos dientes blancos, un gesto que, cuando aparecía dibujado en su rostro, hacía que un escalofrío recorriese por completo mi columna vertebral.
―Me encanta que vengas a verme ―confesó.
Inevitablemente, me sonrojé de forma exagerada al oír aquello, y tuve que bajar la mirada al suelo, con la esperanza de que no se diera cuenta del efecto que causaba sobre mí: ―Serás engreído… ¿Y quién dice que baje a verte a ti? Vengo a ver al mar, así que no te sientas tan especial ¿eh?
―Ya, claro. Entonces os dejo a solas ―dijo para después girarse y fingir que se marchaba.
Colgándome de su brazo hice que se detuviera: ―Es broma ―aseguré mientras le soltaba lentamente, avergonzada por mi exceso de confianza y en respuesta al modo tan extraño en el que me miraba.
Nos quedamos en silencio unos instantes, un silencio algo incómodo debo reconocer, y entonces, justo antes de que empezara a desesperarme, Sean me dio un ligero empujón e hizo que me mojara los pies con el agua del mar.
―Hey…. Eso ha sido a traición ―dije recogiéndome los pantalones para evitar empaparme.
―Vamos no seas quejica ―contestó con gesto juguetón volviendo a salpicarme―, si el agua está buenísima.
―¿Qué dices? Si está helada ―me quejé divertida― ¡Para! ¡Para!
Empezamos así una especie de guerra para ver quién mojaba más al otro, y montamos tal escándalo con nuestros gritos y risas que las pocas personas que pasaban por allí se quedaban mirándonos sorprendidos.

Me alegró ver que estaba a gusto conmigo y que no sentía reparos en tocarme o agarrarme a pesar de lo que pudo parecerme al principio. Era agradable estar así con él, lograba que las tardes se me pasaran realmente deprisa entreteniéndome con juegos, conversaciones y paseos por la playa. Lo pasaba tan bien a su lado que siempre que estábamos juntos deseaba que se detuviera el tiempo y que la playa no tuviera fin, de ese modo nuestro camino no se vería interrumpido y no tendría que despedirme de él, algo que cada día se hacía más doloroso para mí.
A pesar de ello, había algo que me parecía un poco extraño en Sean, y es que podíamos llegar a hablar de un millón de cosas distintas pero, si me paraba a analizar, nunca hablábamos sobre su vida personal. No sabía cómo se las apañaba para que, al llegar el momento de despedirnos, supiera lo mismo de él que al principio, es decir, nada. Desconocía su apellido, dónde vivía, su edad y también el instituto al que iba, tal y como me hizo ver Mary aquella misma mañana. Sean era un auténtico misterio para mí y no sabía muy bien cómo lograr conocer más de él sin parecer una cotilla o una interesada.
Eran ya las once y media de la noche, mi toque de queda, y me daba rabia despedirme sin saber absolutamente nada nuevo.

―Oye Sean… ¿A qué instituto vas? Hoy Mary me lo ha preguntado y me he dado cuenta de que no sabía la respuesta…
―Ya es tarde, ¿no prefieres que te lo cuente otro día? ¿O no podrás dormir por culpa de la intriga?
―Me gustaría saber al menos eso, ya me dirás en otro momento a qué grupo sanguíneo perteneces y si tienes de mascota serpientes o cocodrilos ―bromeé.
―Voy al instituto San Johns, ¿contenta?
―Eso suena a privado.
―Lo es, tan privado que tienen a gente interna allí durante todo el año.
―Vaya…, debe haber gente de mucho dinero ahí metida.
―Bueno, hay de todo como en la mayoría de los institutos… ―de repente, alzó la mirada y dijo―Creo que es hora de irse ―para señalar después hacia la terraza de mi casa con el dedo índice― ¿Aquella no es tu madre?
―Mierda… Sí, sí que es ―contesté mientras me encogía con la esperanza de que no me viera y escondiendo la cabeza bajo mis brazos, provocando la risa en Sean― Me voy antes de que empiece a decir mi nombre a grito pelado.
―Sí, tiene pinta de que va a hacerlo en cualquier momento ―afirmó divertido.
―¿Nos vemos mañana?
―Quizá… ―me guiñó un ojo― Buenas noches ―y desapareció entre la oscuridad de la playa.
Otra vez aquél escalofrío recorrió todo mi cuerpo, maldita sea… ¡estaba completamente colgada por él! y ya no había marcha atrás, era demasiado tarde.

>> Estaba convencida de que las sesiones con la doctora no servían para nada, y me daba rabia que mis padres se gastaran tanto dinero únicamente para que esta mujer se sentara a escucharme hablar. Si querían saber de mi vida lo más sencillo era preguntarme directamente, no llevarme a una loquera. Cada vez que me tumbaba en ese diván sentía vergüenza de mí misma, ¿cómo había llegado a este punto? ¿Qué había de malo en mí?

Para mi desgracia, el frío y la lluvia típicos del otoño no tardaron en llegar, lo que me obligaba a pasar más tardes en casa de las que hubiera deseado. A penas podía ver a Sean y los días se me hacían eternos mientras contemplaba la odiosa lluvia desde la ventana de mi habitación. Me daba pena que la playa fuese mi único punto de encuentro con él porque, mientras el tiempo no mejorara nos resultaba imposible coincidir.

Una noche, después de haber pasado horas estudiando para el examen de literatura, me senté bajo la ventana de mi cuarto para descansar un poco la vista. Desde ella podía ver la oscuridad que invadía la playa, no había ni una sola estrella ni tampoco se veía la luna, solo la incesante lluvia que lo nublaba todo.
Con la mirada fija en aquella oscuridad y con el constante repiqueteo de mi ventana rota de fondo, me pareció ver una silueta en la orilla del mar. Tuve que entornar los ojos para asegurarme de que esa figura no era fruto de mi imaginación, ni de ninguna clase de efecto óptico producido por el agua, y entonces vi claramente que había una persona allí, una persona que, por algún motivo, no sé cuál, supe que era Sean.
Sin que pudiera controlarlo, el corazón empezó a latirme a toda velocidad, tanto que estaba segura de que se iba a acabar saliendo en cualquier momento. Tenía claro que no quería perder la oportunidad de verle y fue por eso por lo que, sin dudarlo un instante, me vestí a toda prisa, bajé las escaleras lo más silenciosamente posible y salí de casa con mi chubasquero amarillo puesto, mientras mi madre, aparentemente ajena a todo, permanecía durmiendo en el sofá del salón con la tele encendida.

La lluvia era más intensa de lo que había imaginado, tanto que en el recorrido de mi casa a la playa, que era realmente corto, ya tenía los pantalones calados hasta la rodilla.
Me sentía algo atontada por culpa del ruido ensordecedor de las gotas chocando contra el suelo, y si a eso le sumaba tener la vista limitada por culpa de la oscuridad y la capucha, hacía más incómoda la situación. Aun así, estaba segura de que era Sean la persona que estaba en la orilla, podría distinguir aquella silueta aunque pasaran cien años y perdiera completamente la vista, porque era el aura que emanaba de su ser lo que le hacía único, diferente a todos los demás, y lo que me permitía distinguirle incluso con los ojos cerrados, por eso continué mi camino, decidida a encontrarme por fin con él y con sus preciosos ojos grises.

Fue extraño encontrarle en la misma posición de siempre, de pie, inmóvil frente al agua, y completamente empapado por la lluvia. No tenía paraguas, ni chubasquero, ni nada con lo que protegerse, pero no parecía importarle.
Reconozco que me sentí un poco inquieta al verle de ese modo, incluso temí por él, estaba convencida de que algo realmente malo debía haberle pasado para encontrarse en esa situación, para que todo le diera igual.
No tuve que decir una sola palabra para que se percatara de mi presencia ya que, en el mismo momento en el que me planté a sus espaldas, se volteó hacia mí y dijo: ―Te vas a mojar ―con la voz en grito para que le pudiese oír a través de la lluvia que nos envolvía.
Yo asentí y contesté con el mismo tono: ―Ya lo he hecho, pero no creo que más que tú, ¿se puede saber qué estás haciendo aquí con la que está cayendo?
Sean alzó los hombros y sonrió: ―Soy un loco del mar, ya lo sabes.
―Sí, yo también, pero todo tiene sus límites ¿no? ―al ver que volvía a dirigir su mirada al agua, me preocupé― Sean, ¿te pasa algo?
―No, nada… ―suspiró, haciendo que un ligero vaho se escapara de entre sus labios― Es que me encuentro un poco perdido y, bueno, cuando estoy aquí me siento mejor.
Sabía exactamente a qué se refería, para mí estar en la playa siempre había sido sinónimo de tranquilidad, cuando discutía con mis padres, o simplemente estaba de mal humor, bajar a contemplar el mar me ayudaba a calmar el ánimo, pero hacerlo con una lluvia tan intensa como la de aquella noche era algo que nunca había hecho, quizá porque nunca había estado tan desesperada…
―¿Quieres que te ayude en algo? ¿Quieres venir conmigo? Mi madre está durmiendo y no creo que le importe que vengas. Puedo dejarte una toalla y ropa seca, además de un paraguas para que no te mojes volviendo a casa ―no contestó y yo cada vez me sentía más y más inquieta― ¿Sean? ―dije intentando llamar su atención.
Entonces negó con la cabeza: ―No hace falta, pero te lo agradezco Em ―se volvió hacia mí y, sin previo aviso, me besó en los labios, haciéndome sentir un agradable cosquilleo y dejándome completamente inmóvil― Buenas noches ―dijo antes de dar media vuelta y desaparecer de allí sin darme tiempo a detenerle, como si no hubiese sido más que un espejismo producido por la intensa lluvia.

Fue una noche realmente extraña y desconcertante, tanto que llegué a dudar de su existencia… quizá no fue más que un sueño, quizá estaba tan cansada después de estudiar que me quedé dormida pensando en él… no lo sé…

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