Prefacio de “Sin huellas en la arena”, para abrir boca!

El día de mi adopción fue el más feliz de mi vida, tenía solo seis años, pero me acuerdo de cada detalle con claridad, sobre todo de cómo me sentí al conocer el lugar donde viviría con mis nuevos padres.

– ¡Emily! No corras tanto que te vas a caer -gritó Claire.

– Déjala -dijo Sam con una sonrisa en la cara- ¿No ves lo bien que se lo está pasando? Deja que disfrute un poco, en este suelo no se hará daño.

 Era la primera vez que visitaba una playa y ver ese paisaje me volvió loca. Recuerdo lo ansiosa que estaba dentro del coche mientras aguardaba a ser liberada de la sillita, daba pequeños saltos sin dejar de mirar el mar en el horizonte, porque no podía creer que algo tan bello pudiese exisistir. Por eso, en cuanto me sacaron del vehículo, recorrí los tres pasos que me separaban de la playa y me fui a toda velocidad hasta la orilla.

Una vez allí, me dejé caer en el suelo y me impuse como única misión coger con mis pequeñas manos la mayor cantidad de arena posible, que rápidamente se deslizaba entre mis dedos y desaparecía.

 Mis padres estaban sentados a mi lado, observándome atentamente: – Te dije que le encantaría su nuevo hogar -comentó Sam abrazando a mi madre-, aquí será muy feliz.

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